jueves, 25 de enero de 2007

OCCIDENTE Y EL MITO DE LILITH


Si preguntáramos a sexólogos, antropólogos, etnólogos, psicoanalistas y mitólogos de la izquierda intelectual, así como a las feministas más radicalmente contestatarias y a las neobrujas de la Wicca anglosajona, comprobaríamos que el nombre de Lilith sería pronunciado con los más cálidos y entusiastas acentos. En efecto: pues la enigmática Lilith es un arquetipo extraordinariamente valorado en ciertos círculos del Occidente actual.

Para quienes –por fortuna- no frecuentan tales círculos, seguramente convendrá ofrecer una somera explicación. Según el Talmud judaico, Lilith fue la primera esposa de Adán, anterior a Eva y que, no queriendo someterse a su marido, lo abandonó para vivir en la región del aire, iniciando así una rebeldía cuasi-demoníaca. De hecho, el ocultismo la considera un demonio femenino o súcubo, y las tradiciones extra-judaicas la caracterizan como la anti-madre que se ensaña con el hijo –como la Hécate griega-, la madre desnaturalizada que reniega de su feminidad maternal. Se la representa como una mujer desnuda cuyo cuerpo termina en una cola de serpiente, y es el antecedente remoto de la mujer fatal y de la ninfa funesta.

Ya con este somero bosquejo, resulta evidente que la moderna civilización occidental, sobre todo desde el siglo XIX, se encuentra singularmente sintonizada con el arquetipo de Lilith. Le fascina, en efecto, ese tipo de feminidad invertida o antifeminidad, muy cercana al tipo de mujer autosuficiente difundido por la publicidad contemporánea y por los medios de comunicación. Lilith atrae, hechiza –es su oficio- y vende.

Haciendo un apresurado recorrido histórico desde 1850 hasta nuestros días, nos encontramos con diferentes variantes del arquetipo de Lilith en Gustave Moreau y el prerrafaelismo pictórico, la Salomé del decadentismo fin de siècle, la Nora de Ibsen en Casa de muñecas, Marlene Dietrich, Leni Riefenstahl, Simone de Beauvoir, la Lolita de Nabokov, Anais Nin, la antropología feminista New Age de la década de los 60, la revista Cosmopolitan, la MTV, Ally McBeal, la crítica de arte y ninfómana Catherine Millet, la Love Parade berlinesa o el falso dúo musical lesbiano T.A.T.U, que alcanzó cierta celebridad hace unos años. Cuando las pasarelas contemporáneas exhiben sus escuálidas nínfulas, demacradas y ojerosas, en realidad están rindiendo culto a este arquetipo infernal. Y merecería la pena estudiar hasta qué punto la homosexualidad contemporánea, la mentalidad anticonceptiva o el fenómeno de la anorexia no hunden sus raíces más profundas en las turbias aguas de Lilith.

Si consultamos ciertos manuales modernos de Astrología, encontraremos que en ellos se valora positivamente el símbolo de la Luna Negra, es decir, el vacío demoníaco que representa Lilith: habiendo renegado de la feminidad perfecta, representada por la Virgen María, Occidente ha caído en las garras de esa degradación de Eva que es la rebelde, esquiva y aérea Lilith. La recuperación de una feminidad ontológica que integre también la dimensión intelectual de la mujer, nada mejor que adoptar como modelos a la mística medieval Hildegarda von Bingen –una cristiana para la Era de Acuario- y a la pensadora católica del siglo XX Edith Stein, paradigma de la profundidad filosófica. La Virgen María también sabía pensar. Y, sin duda, mucho mejor que Lilith.

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