
Se suele asociar al surf automáticamente con las playas de Malibú o de Hawai y con las costas de Australia, con playas de arena blanca y cuerpos esbeltos. También, con una juventud que se niega a madurar y aspira a una adolescencia eterna cuyo símbolo bien podría ser la imagen de un surfista deslizándose sobre la cresta de una ola. En este sentido, el surf podría considerarse un compendio plástico de la actitud hedonista del hombre occidental ante la vida.
Sin embargo, es bien sabido que el surf posee también una dimensión espiritual. En su origen, cuando fue inventado hace siglos por los polinesios, el surf constituía una actividad sagrada. Cabalgar sobre las olas significaba adentrarse en el océano de la divinidad, ya que, para los habitantes de las islas del Pacífico, el mar era el lugar de la felicidad y del encuentro con el universo divino. Todavía hoy, incluso en el Occidente desacralizado de nuestros días, adentrarse nadando en alta mar, una mañana solitaria y silenciosa de verano, proporciona al espíritu unas resonancias que transcienden el plano habitual de la vida humana y que nos asoman a la intuición de un universo eterno de paz y libertad.
Difundido en Occidente a principios del siglo XX por Mark Twain y Jack London, el surf se convirtió rápidamente en un refugio para algunos espíritus individualistas y contestarios de la juventud americana. Luego llegó la masificación de los años 60 y el surf estilo Malibú. Pero, a finales de los 60 y principios de los 70, surgieron los llamados "surfistas espirituales": jóvenes solitarios y casi ascéticos en busca de la "ola perfecta", cabalgar la cual constituía para ellos una experiencia mística de comunión con el universo y revelación del sentido de la vida. El sentido de la vida consiste en aprender a deslizarse sobre ella como en un juego, con la facilidad "divina" de quien vuela sobre las olas en una tabla de surf.
Existe una profunda verdad en esta visión del surf como actividad sagrada. Sólo hay un modo correcto de vivir la religión: como una experiencia de juego y libertad, como el acceso a un mundo superior, liberado de todo servilismo y cálculo utilitario. Muchos hombres entienden la religión como una limitación de la libertad. Y, al hacerlo, cometen un tremendo error: la religión es precisamente liberación, ingravidez, "gracia", desvinculación de toda pesantez procedente de los determinismos cósmicos de todo tipo. Dejarse abrazar por el amor de Dios es como deslizarse sobre el océano en una tabla de surf, sintiendo soplar a nuestro alrededor el viento divino del Espíritu.
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sábado, 17 de marzo de 2007
SURF Y RELIGIÓN
Publicado por
Antonio Martínez Belchí
en
12:04
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Etiquetas: cultura del siglo XX, cultura popular, espiritualidad, Jack London, Malibú, Pacífico, Polinesia, religión y siglo XXI, surf, surfistas espirituales
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