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viernes, 25 de mayo de 2007

SARTRE Y LA RELIGIÓN DEL CONSUMO

¿Podemos afirmar que existe una "religión del consumo"? Tal vez pueda parecer paradójico o exagerado, pero, en efecto, así es. Los sociólogos contemporáneos hablan desde hace años sobre los grandes centros comerciales como "nuevos templos civiles". Unos templos a donde millones de individuos acuden inconscientemente en busca de un remedio -bien es cierto que de muy baja calidad y eficacia- contra la sensación difusa de insatisfacción y malestar que es como la música de fondo de sus vidas. Antiguamente, los hombres iban a los templos a orar. Hoy, acuden a los grandes almacenes a comprar.

El acto de consumo, la adquisición de tal o cual producto, actúa hoy como una especie de sucedáneo de los antiguos sacramentos. En el genuino sacramento religioso, el creyente entra en contacto con la plenitud ontológica y de sentido que procede de la esfera de lo divino. En ese sucedáneo del sacramento que es el acto de compra consumista, el consumidor obtiene la satisfacción pasajera proveniente de la cosas que adquiere. Lo cual significa una traducción práctica de dos conocidos conceptos filosóficos elaborados por Sartre: las cosas son "ser-en-sí", plenas, macizas, idénticas a sí mismas, no-problemáticas, como el Ser de Parménides. El hombre, en cambio, es "ser-para-sí": una escisión, una hendidura, una conciencia en principio vacía que necesita llenarse con el contenido que le aportan el ser de las cosas. En otros tiempos, ese ser que daba contenido a la conciencia procedía del universo de la cultura. Pero ahora, cuando la cultura occidental ha entrado en una fase de indescriptible caos, cuando, según el título del célebre libro de Lipovetsky, hemos entrado en "la era del vacío", en la era nihilista del "último hombre" de Nietzsche y de Fukuyama, el individuo occidental standard ya sólo sabe "sentirse lleno" en el fugaz momento de la adquisición de un objeto. Un objeto que, de momento, le aporta una revitalizante euforia, pero que, después, queda contaminado por la esterilidad, la impotencia y la desorientación espiritual del sujeto que lo ha adquirido.

El individuo moderno necesita adquirir una sensación de consistencia que hoy no encuentra en ningún lugar. Se trata, en el fondo, de la vieja experiencia humana según la cual el hombre es un ser frágil y menesteroso, que precisa, para autorrealizarse como ser humano genuino, una plenitud ontológica más densa y frondosa que la suya: la plenitud de lo sacrum, del universo de lo divino. El hombre actual percibe confusamente esa misma menesterosidad, pero pretende ponerle remedio mediante métodos completamente equivocados. Uno de ellos es la moderna religión del consumo, que deja al sujeto tan insatisfecho como el Tántalo de la mitología.

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lunes, 23 de abril de 2007

¿CREÍA EINSTEIN EN DIOS?


Todavía hoy circula por nuestro mundo el tópico de que la ciencia es enemiga de la religión, e incluso de que "demuestra" que una persona culta y moderna no puede ser, a la vez, una persona religiosa. Estas ideas proceden del siglo XIX, cuando la teoría de Darwin, pareciendo contradecir directamente a la Biblia, fue utilizada como símbolo de una ciencia moderna empeñada en presentar la religión como mera superstición y mito anacrónico.

Aunque hoy en día, como decimos, todavía hay quien sostiene tales puerilidades, lo cierto es que actualmente está bastante claro cuál es la verdadera relación que existe entre ciencia y religión: la ciencia y la religión se mueven en diferentes planos. La ciencia investiga el funcionamiento del mundo físico y sus leyes naturales. En cambio, la religión se ocupa del sentido de todo lo que existe, del bien y del mal, del destino del hombre, del vínculo que une al ser humano con Dios etc. Por lo tanto, no puede haber contradicción entre ambas, ya que se ocupan de planos distintos de la realidad, y también su finalidad es completamente diferente. Por lo tanto, puede haber, como es obvio, tanto científicos creyentes como no creyentes. Y la ciencia no demuestra ni que Dios existe ni que Dios no existe, ya que le resulta imposible hacer tanto lo uno como lo otro. Aun así, habría que añadir que, en el fondo, la ciencia es más bien favorable a la existencia de Dios, pues nos muestra un orden tan complejo y profundo en el cosmos, que hace casi natural el pensar en Dios como inteligencia ordenadora del universo.

Esto es justamente lo que pensaba Einstein: que tenía que existir una Inteligencia divina, autora de la maravillosa armonía que gobierna el cosmos. Ciertamente, Einstein, a pesar de su origen judío, no creía en el Dios de Israel -El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, como decia Pascal-, sino en un Dios de estilo griego: como el Dios de Aristóteles o el Lógos de los estoicos. Un Dios que "no juega a los dados", que no deja el universo en manos del azar, sino que organiza el cosmos de acuerdo con leyes profundísimas que apenas están empezando a revelarnos la física y las matemáticas. Einstein creía en lo que podríamos decir el "Dios de los científicos del siglo XX": un Dios-Lógos con el que se supera completamente el ingenuo ateísmo materialista del siglo XIX.

El Dios de Israel transciende radicalmente el nivel del "Dios de los científicos". Y, por supuesto, lo hace todavía más el Dios cristiano, que también transciende al Dios de Israel. En cualquier caso, conviene tener claro que el Dios trinitario cristiano es también el Dios-Lógos de Aristóteles y de Einstein que organiza el universo como gran "Arquitecto Cósmico". Pero no es sólo eso: es también mucho más que eso. Más profundo y más misterioso: porque el Dios cristiano "engloba" al Dios de Einstein, pero también lo supera infinitamente.

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sábado, 17 de marzo de 2007

SURF Y RELIGIÓN


Se suele asociar al surf automáticamente con las playas de Malibú o de Hawai y con las costas de Australia, con playas de arena blanca y cuerpos esbeltos. También, con una juventud que se niega a madurar y aspira a una adolescencia eterna cuyo símbolo bien podría ser la imagen de un surfista deslizándose sobre la cresta de una ola. En este sentido, el surf podría considerarse un compendio plástico de la actitud hedonista del hombre occidental ante la vida.

Sin embargo, es bien sabido que el surf posee también una dimensión espiritual. En su origen, cuando fue inventado hace siglos por los polinesios, el surf constituía una actividad sagrada. Cabalgar sobre las olas significaba adentrarse en el océano de la divinidad, ya que, para los habitantes de las islas del Pacífico, el mar era el lugar de la felicidad y del encuentro con el universo divino. Todavía hoy, incluso en el Occidente desacralizado de nuestros días, adentrarse nadando en alta mar, una mañana solitaria y silenciosa de verano, proporciona al espíritu unas resonancias que transcienden el plano habitual de la vida humana y que nos asoman a la intuición de un universo eterno de paz y libertad.

Difundido en Occidente a principios del siglo XX por Mark Twain y Jack London, el surf se convirtió rápidamente en un refugio para algunos espíritus individualistas y contestarios de la juventud americana. Luego llegó la masificación de los años 60 y el surf estilo Malibú. Pero, a finales de los 60 y principios de los 70, surgieron los llamados "surfistas espirituales": jóvenes solitarios y casi ascéticos en busca de la "ola perfecta", cabalgar la cual constituía para ellos una experiencia mística de comunión con el universo y revelación del sentido de la vida. El sentido de la vida consiste en aprender a deslizarse sobre ella como en un juego, con la facilidad "divina" de quien vuela sobre las olas en una tabla de surf.

Existe una profunda verdad en esta visión del surf como actividad sagrada. Sólo hay un modo correcto de vivir la religión: como una experiencia de juego y libertad, como el acceso a un mundo superior, liberado de todo servilismo y cálculo utilitario. Muchos hombres entienden la religión como una limitación de la libertad. Y, al hacerlo, cometen un tremendo error: la religión es precisamente liberación, ingravidez, "gracia", desvinculación de toda pesantez procedente de los determinismos cósmicos de todo tipo. Dejarse abrazar por el amor de Dios es como deslizarse sobre el océano en una tabla de surf, sintiendo soplar a nuestro alrededor el viento divino del Espíritu.

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lunes, 12 de febrero de 2007

EL DIOS DEL SIGLO XXI

Como es bien conocido, Pascal distinguía entre el "Dios de los filósofos" y "el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob". El Dios de los filósofos es el Demiurgo platónico, el Primer Motor Inmóvil de Aristóteles, el Lógos de los estoicos, el Uno neoplatónico. Un Dios racional, frío y lejano; un Dios intelectual que actúa como arquitecto cósmico, pero que no se preocupa del ser humano. En cambio, el Dios de Abraham es el Dios de la fe y del corazón. El Dios de la tradición judeo-cristiana, frente al Dios-Lógos griego.


Después de haber rechazado al Dios judeo-cristiano siguiendo el ateísmo profético de Nietzsche, el hombre culto actual, influido por la Física "mística" del siglo XX y por las filosofías orientales, se siente atraído por un Dios panteísta como energía impersonal del universo, o bien por un Dios-arquitecto, tal como lo concibe la gnosis científica contemporánea -así es el Dios de Einstein-. Un Dios que puede resultar atrayente desde un punto de vista "cósmico" y filosófico, pero que no tiene nada que decirle al corazón humano. Es un Dios lejano y abstracto, ajeno al dolor, el amor y la ternura. Y, por supuesto, no tiene nada que ver con el Dios encarnado del cristianismo: con Jesucristo muerto y resucitado, "locura para los griegos", como nos dice San Pablo. El Dios-Arquitecto le habla a la cabeza, pero no a nuestro corazón. Por lo tanto, se trata de un Dios incompleto.

Ahora bien: por supuesto, la imagen del Dios-demiurgo, constructor cósmico del universo, no es falsa, sino solamente parcial, unilateral. Si el siglo XXI quiere recuperar al "Dios total" que ha de servir como cimiento metafísico para una nueva civilización, debe integrar en su imagen de la divinidad ambas dimensiones: la intelectual y la afectiva. Por un lado, el Dios cósmico de Einstein; el Dios griego, Inteligencia ordenadora del universo, que utiliza la proporción áurea (el misterioso 1'618) como principal instrumento para su diseño del cosmos (no olvidemos que, en griego, "kósmos" significa precisamente "orden"). Por otro lado, el Dios cristiano, que es a la vez el Dios que crea el universo ex nihilo, llamándolo del no-ser al ser por la acción creadora de su Palabra, y por otro lado el Dios paradójico de la encarnación, el Dios del corazón que irrumpe humildemente en la Historia humana y que llega a lo más profundo del corazón de los hombres: el Dios-Jesucristo que muere en la cruz.

Por supuesto, entendamos que el "Dios arquitecto" y el "Dios cristiano" no son dos imágenes de Dios ni distintas ni que simplemente haya que yuxtaponer. El Dios cristiano es el "Dios total" del que antes hablábamos. Pero se trata de un Dios "multidimensional", y que es, por tanto, la sabiduría infinita que construye con asombrosa precisión toda la maquinaria del cosmos, y a la vez -y de manera mucho más esencial-, el Dios que mira a los ojos de los hombres y los toma de la mano. El siglo XXI debe reencontrarse con este Dios. El rostro de una sociedad depende del tipo de Dios en el que cree. El siglo XXI, sin duda, tiene ante sí como principal reto recobrar la integridad del rostro de Dios. Un Dios que satisfaga todas las exigencias intelectuales de la gnosis New Age, pero que sea también, y ante todo, un Dios del ser y del amor.

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