En cierta ocasión leí que Umberto Eco tiene en su casa una biblioteca de 28.000 libros. No sé si la cantidad es exacta, pero, en cualquier caso, Eco representa el paradigma del erudito contemporáneo. Y no sólo eso: como profesor de Semiótica, le rodea un innegable aura de sabiduría. La Semiótica como ciencia de la interpretación de los signos. Todo significa algo. Vivimos rodeados de un universo de signos que no acertamos a interpretar. Pero Umberto Eco, siguiendo la audaz línea de trabajo abierta por Roland Barthes, nos promete una interpretación reveladora de los mensajes más sutiles de esa matriz semiótica omnipresente que nos rodea. Como decían los estructuralistas, con Levi-Strauss a la cabeza, vivimos dentro de una partida de ajedrez tridimensional cuyas reglas desconocemos; insertados en una urdimbre y una trama que nos son inconscientes.
Pero Umberto Eco, con su sabiduría universal, nos promete descifrar la piedra de Rosetta del universo de los signos. Sus alumnos universitarios destacaban -palabras literales de uno de ellos- su admirable capacidad de "saltar de Santo Tomás a Snoopy, de Supermán a Joyce, del Beato de Liébana a Agatha Christie y Mafalda". Y, sin embargo, Eco es capaz de hacer eso: saltar de sus oceánicos conocimientos medievalistas y de historia de la cultura a la hermenéutica de los símbolos y signos de la cultura popular. Sólo hay un pequeño problema...: que lo que Umberto Eco no puede hacer es acceder a una interpretación verdaderamente integradora de ese universo de signos que componen nuestra tradición cultural y la contradictoria cultura contemporánea, con su dicotomía de niveles entre lo académico y lo popular. Sin duda, puede decir muchas cosas "interesantes" al respecto..., pero pocas verdaderamente profundas. Y ello por una razón muy simple: su laicismo de base lo lastra irremediablemente, en cuanto que impone a su inteligencia una censura previa que le impide acceder al "Grial del conocimiento". Ese Grial, ese sanctasanctórum del lógos, está en el centro del círculo donde confluyen y se esclarecen mutuamente todos los sectores de las ciencias, disciplinas y saberes. Pero Eco, tan apabullantemente erudito siempre, tan exuberante en datos e ideas de profundidad intermedia, naufraga en cuanto le requerimos juicios de verdadera profundidad, interconexiones epistemológicas de máxima calidad. Y ello no por falta de inteligencia ni de preparación, sino porque el "árbol de la vida" le permanece vedado. Porque, como se sabe, no conocemos con la inteligencia, sino con todo nuestro ser; y, si existe en nosotros una censura previa que afecte al centro de nuestro ser, ello afecta irremediablemente a nuestra capacidad de comprensión de la realidad. Eco, gran medievalista, permanece ajeno al espíritu de la Edad Media, la época de mayor integración de los saberes dentro de la historia de Occidente. Y eso condena a Eco, como también a Borges, otro gran erudito, a una relativa esterilidad.
jueves, 1 de marzo de 2007
LA FALSA SABIDURÍA DE UMBERTO ECO
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Antonio Martínez Belchí
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Etiquetas: Barthes, Borges, cultura contemporánea, Edad Media, estructuralismo, Grial, hermenéutica, Levi-Strauss, semiótica, Umberto Eco
viernes, 9 de febrero de 2007
APOLOGÍA RAZONADA DE LA CENSURA

El vendaval de mayo del 68 tuvo como consecuencia, dentro de la cultura occidental y a partir de 1970, una permisividad casi total en cuanto a la producción y circulación de material visual, libros, ensayos, películas, etc. Fueron derribados, por lo tanto, gran parte de los tabúes tradicionales, de los interdictos que habían estructurado el imaginario colectivo de Occidente durante siglos.
De este modo, Occidente traicionó a Freud, quien -no lo olvidemos-, lejos de hacer una imprudente apología de los monstruos del inconsciente y del principio de placer, reivindicó el papel de los tabúes y del principio de realidad como salvaguarda del orden social y fundamento indispensable del edificio de la civilización. Como decimos, desde aproximadamente 1970 se produjo un derrumbamiento generalizado de los viejos tabúes. El símbolo más claro de tal derrumbe está en el mito cinematográfico de Emmanuelle. Pero Emmanuelle es un mito que resume lo que también ocurrió en todos los demás campos de la cultura: la desaparición de la censura freudiana y la consiguiente circulación descontrolada de materiales culturales psicológica y espiritualmente morbosos.
En el siglo XIX, el positivista Comte recordaba, con razón, que el desorden de las ideas precede siempre al desorden social. Esta máxima sigue hoy también vigente: el caos de los espíritus, atacados continuamente por imágenes e ideas nocivas, es la normal condición que antecede al subsiguiente caos social. Los asesinatos de Columbine en 1999, o a nivel español el célebre crimen de la catana, son las consecuencias extremas de este ambiente (imágenes, ideas, videojuegos, libros, comics, películas) dominado por los virus de la más letal morbosidad espiritual. Otros muchos fenómenos aberrantes que se producen en nuestra en nuestra sociedad tienen la misma causa remota.
Por lo tanto, consideramos que es urgente recuperar la idea freudiana de censura. Hay que reintroducir la vigencia de la idea de tabú. Nuestra sociedad, si no quiere precipitarse hacia el abismo, debe replantearse la idea de censura cultural. Un sistema censor vigoroso constituye un elemento indispensable en toda sociedad sana. Igual que hay anticuerpos en nuestro organismo, que combaten a los virus que pretenden invadirnos. No entender esto equivale a un suicidio.
Ahora bien: el reto consiste en conciliar este nuevo sistema de censura cultural con la existencia de una sociedad libre, dinámica y "abierta" (aunque se ha abusado mucho de esta "sociedad abierta" de Popper). La solución sólo puede venir desde el terreno de la sabiduría: más que de prohibir en sí mismo, se trataría de construir un universo jerarquizado del mundo de la cultura, donde cada elemento estuviera engarzado con todos los demás dentro de un sistema armónico. Como propone Hermann Hesse en "El juego de los abalorios", debemos recuperar la idea de una cultura objetiva de alto nivel que, liberada del narcisismo contemporáneo, nos haga retornar a un mundo cultural presidido, como en la Edad Media, por el principio de jerarquía y por los elementos de orden espiritual. O eso, o bien el nihilismo y el abismo.
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Antonio Martínez Belchí
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Etiquetas: censura, Columbine, Comte, cultura contemporánea, Emmanuelle, Freud, Hermann Hesse, mayo del 68, nihilismo, principio de realidad, tabú