En la analogía biologicista de Oswald Spengler, que compara las civilizaciones con organismos que nacen, se desarrollan y mueren, todas cultura atraviesa por cuatro fases: primavera, verano, otoño, invierno. Cuando llega el invierno, la civilización, que ya ha agotado sus fuerzas vitales, asiste a su momento crepuscular. Según Spengler, Occidente habría llegado precisamente a esta fase terminal de su evolución. El escepticismo, la falta de fe en sí mismo, el positivismo, el relativismo y el hedonismo serían los síntomas que delatan el final de nuestro mundo. De modo que el análisis de Nietzsche sobre la decadencia de la cultura occidental como consecuencia de los falsos valores sobre los que se fundamenta y de la "muerte de Dios" serían básicamente correctos. Occidente adopta la filosofía del nihilismo y debe ser sustituido por una nueva civilización, joven y pujante.
Sin embargo, el diagnóstico de Nietzsche y Spengler sólo resulta parcialmente válido. Pues, más que en su momento de vejez invernal, Occidente ha atravesado en el siglo XX el momento de su adolescencia. Ese momento se inicia con la Ilustración, instante cultural en que se produce una clásica rebelión adolescente contra el "padre medieval". Como en la parábola del hijo pródigo, o como los protagonistas adolescentes de Hermann Hesse, Occidente emprende entonces un largo periplo por los laberintos del mundo y de su propia subjetividad. Ese periplo termina convirtiéndose en un deambular errabundo que engendra el desánimo y el pesimismo vital. Un pesimismo que primero se manifestó como existencialismo y hoy lo hace como melancolía posmoderna, mezclada con dosis de ironía, inercia e indiferencia.
Si Occidente quiere salir del marasmo en el que se encuentra sumido, debe superar su fase adolescente y acceder a su mayoría de edad. No se puede ser siempre Jack Kerouac. La adolescencia eterna con la que sueña Occidente es una auténtica cárcel invisible, una "Matrix" que nos mantiene alienados respecto a la auténtica realidad. No se puede vivir instalado en el análisis mercuriano, el hedonismo venusino y la agresividad marciana. Hay que dar el paso a los planetas tradicionales de la edad adulta: Júpiter y Saturno. Los planetas de la superación de la subjetividad narcisista, de la responsabilidad y de la metafísica. Para que Occidente deje de mirarse al ombligo y redescubra la misteriosa objetividad del mundo.
miércoles, 20 de junio de 2007
OCCIDENTE Y LA ADOLESCENCIA ETERNA
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Antonio Martínez Belchí
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viernes, 25 de mayo de 2007
SARTRE Y LA RELIGIÓN DEL CONSUMO
¿Podemos afirmar que existe una "religión del consumo"? Tal vez pueda parecer paradójico o exagerado, pero, en efecto, así es. Los sociólogos contemporáneos hablan desde hace años sobre los grandes centros comerciales como "nuevos templos civiles". Unos templos a donde millones de individuos acuden inconscientemente en busca de un remedio -bien es cierto que de muy baja calidad y eficacia- contra la sensación difusa de insatisfacción y malestar que es como la música de fondo de sus vidas. Antiguamente, los hombres iban a los templos a orar. Hoy, acuden a los grandes almacenes a comprar.
El acto de consumo, la adquisición de tal o cual producto, actúa hoy como una especie de sucedáneo de los antiguos sacramentos. En el genuino sacramento religioso, el creyente entra en contacto con la plenitud ontológica y de sentido que procede de la esfera de lo divino. En ese sucedáneo del sacramento que es el acto de compra consumista, el consumidor obtiene la satisfacción pasajera proveniente de la cosas que adquiere. Lo cual significa una traducción práctica de dos conocidos conceptos filosóficos elaborados por Sartre: las cosas son "ser-en-sí", plenas, macizas, idénticas a sí mismas, no-problemáticas, como el Ser de Parménides. El hombre, en cambio, es "ser-para-sí": una escisión, una hendidura, una conciencia en principio vacía que necesita llenarse con el contenido que le aportan el ser de las cosas. En otros tiempos, ese ser que daba contenido a la conciencia procedía del universo de la cultura. Pero ahora, cuando la cultura occidental ha entrado en una fase de indescriptible caos, cuando, según el título del célebre libro de Lipovetsky, hemos entrado en "la era del vacío", en la era nihilista del "último hombre" de Nietzsche y de Fukuyama, el individuo occidental standard ya sólo sabe "sentirse lleno" en el fugaz momento de la adquisición de un objeto. Un objeto que, de momento, le aporta una revitalizante euforia, pero que, después, queda contaminado por la esterilidad, la impotencia y la desorientación espiritual del sujeto que lo ha adquirido.
El individuo moderno necesita adquirir una sensación de consistencia que hoy no encuentra en ningún lugar. Se trata, en el fondo, de la vieja experiencia humana según la cual el hombre es un ser frágil y menesteroso, que precisa, para autorrealizarse como ser humano genuino, una plenitud ontológica más densa y frondosa que la suya: la plenitud de lo sacrum, del universo de lo divino. El hombre actual percibe confusamente esa misma menesterosidad, pero pretende ponerle remedio mediante métodos completamente equivocados. Uno de ellos es la moderna religión del consumo, que deja al sujeto tan insatisfecho como el Tántalo de la mitología.
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Antonio Martínez Belchí
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jueves, 12 de abril de 2007
¿ESTABA NIETZSCHE A FAVOR DEL ABORTO?

A pesar de haber transcurrido ya más de un siglo desde su muerte en 1900, Nietzsche sigue estando de plena actualidad. Y lo está porque nuestro mundo -y sobre todo la izquierda intelectual- sigue siendo en gran parte nietzscheano. Nietzsche, el filósofo de la negación de Dios en nombre del amor al mundo, es el filósofo preferido por un mundo que niega a Dios.
Y, sin embargo, en realidad la filosofía de Nietzsche choca frontalmente con algunas convicciones de la izquierda política y sociológica contemporánea. Por ejemplo, en el tema del aborto. Es cierto que, hasta donde recuerdo, Nietzsche no se refiere de forma expresa a esta cuestión en ningún pasaje de sus obras. Pero de su postura filosófica fundamental -el vitalismo, el "sí" radical a la vida en todas sus formas y manifestaciones- puede deducirse con absoluta certeza que Nietzsche condenaba el aborto. El aborto siempre comporta un "no" a la vida, una negativa a que un nuevo ser venga al mundo. Y, por lo tanto, se fundamenta, en último término, en el miedo a la vida. Pero Zaratustra, el gran profeta de Nietzsche, predica el amor radical a la vida en todas sus dimensiones. También en la del dolor: Zaratustra lanza, desde la cumbre solitaria de una montaña, una carcajada homérica que resuena hasta los confines del mundo. Esa carcajada significa: "Soy tan poderoso, estoy tan cargado de vida exultante, que borbota desde lo más profundo de mí un sí absoluto a la vida. Un niño que viene al mundo, una nueva vida que llega al banquete cósmico, debe ser saludado con un trago de vino y un himno dionisíaco. El aborto es cosa de miedosos, cómodos, mezquinos y cobardes. El gran Zaratustra no es un abortista".
Entonces, ¿con qué ética sintoniza el aborto defendido por la izquierda? Con el nihilismo crepuscular del "último hombre", que vive mirándose el ombligo y, al defender el aborto, no le da a un nuevo ser la oportunidad de vivir que un día sí le dieron a él. Como habría dicho también Emile Zola, el aborto es una cosa burguesa, propia del más bajo individualismo. La teoría posmoderna del aborto es totalmente contraria a la celebración nietzscheana de la vida en todas sus dimensiones. Algo que la izquierda intelectual prefiere no reconocer. Tal vez porque Nietzsche sólo le interesa en la medida en que coincide con su propio egoísmo.
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Antonio Martínez Belchí
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viernes, 9 de febrero de 2007
APOLOGÍA RAZONADA DE LA CENSURA

El vendaval de mayo del 68 tuvo como consecuencia, dentro de la cultura occidental y a partir de 1970, una permisividad casi total en cuanto a la producción y circulación de material visual, libros, ensayos, películas, etc. Fueron derribados, por lo tanto, gran parte de los tabúes tradicionales, de los interdictos que habían estructurado el imaginario colectivo de Occidente durante siglos.
De este modo, Occidente traicionó a Freud, quien -no lo olvidemos-, lejos de hacer una imprudente apología de los monstruos del inconsciente y del principio de placer, reivindicó el papel de los tabúes y del principio de realidad como salvaguarda del orden social y fundamento indispensable del edificio de la civilización. Como decimos, desde aproximadamente 1970 se produjo un derrumbamiento generalizado de los viejos tabúes. El símbolo más claro de tal derrumbe está en el mito cinematográfico de Emmanuelle. Pero Emmanuelle es un mito que resume lo que también ocurrió en todos los demás campos de la cultura: la desaparición de la censura freudiana y la consiguiente circulación descontrolada de materiales culturales psicológica y espiritualmente morbosos.
En el siglo XIX, el positivista Comte recordaba, con razón, que el desorden de las ideas precede siempre al desorden social. Esta máxima sigue hoy también vigente: el caos de los espíritus, atacados continuamente por imágenes e ideas nocivas, es la normal condición que antecede al subsiguiente caos social. Los asesinatos de Columbine en 1999, o a nivel español el célebre crimen de la catana, son las consecuencias extremas de este ambiente (imágenes, ideas, videojuegos, libros, comics, películas) dominado por los virus de la más letal morbosidad espiritual. Otros muchos fenómenos aberrantes que se producen en nuestra en nuestra sociedad tienen la misma causa remota.
Por lo tanto, consideramos que es urgente recuperar la idea freudiana de censura. Hay que reintroducir la vigencia de la idea de tabú. Nuestra sociedad, si no quiere precipitarse hacia el abismo, debe replantearse la idea de censura cultural. Un sistema censor vigoroso constituye un elemento indispensable en toda sociedad sana. Igual que hay anticuerpos en nuestro organismo, que combaten a los virus que pretenden invadirnos. No entender esto equivale a un suicidio.
Ahora bien: el reto consiste en conciliar este nuevo sistema de censura cultural con la existencia de una sociedad libre, dinámica y "abierta" (aunque se ha abusado mucho de esta "sociedad abierta" de Popper). La solución sólo puede venir desde el terreno de la sabiduría: más que de prohibir en sí mismo, se trataría de construir un universo jerarquizado del mundo de la cultura, donde cada elemento estuviera engarzado con todos los demás dentro de un sistema armónico. Como propone Hermann Hesse en "El juego de los abalorios", debemos recuperar la idea de una cultura objetiva de alto nivel que, liberada del narcisismo contemporáneo, nos haga retornar a un mundo cultural presidido, como en la Edad Media, por el principio de jerarquía y por los elementos de orden espiritual. O eso, o bien el nihilismo y el abismo.
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Antonio Martínez Belchí
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