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lunes, 4 de junio de 2007

BRUCE LEE O EL ORIENTAL DE ALMA OCCIDENTAL

No se ha insistido hasta ahora suficientemente en el carácter típicamente occidental de ese mito contemporáneo que es Bruce Lee. De impulsivo temperamento, no respetó las leyes tradicionales que prohibían enseñar las artes marciales a los extranjeros. Deseaba dar a conocer en Occidente la milenaria sabiduría china. Pero, más allá de tal deseo, existía una clara necesidad de reconocimiento individual que es característica de la mentalidad occidental. Bruce Lee luchó por este reconocimiento en América: estudió Filosofía y quiso ser americano -es decir, occidental-; pero, decepcionado, tuvo que regresar a Hong Kong. No fue reconocido en la California del Instituto Esalen y Allan Watts, que, sin embargo, se abría a la ola orientalizante de la Era de Acuario. Es decir: Bruce Lee es el oriental de alma occidental que intenta ser reconocido como occidental de origen oriental, pero fracasa en su empeño. En el plano arquetípico, Bruce Lee anticipa un problema antropológico de la máxima importancia: como lograr, en la era de la Globalización, una síntesis satisfactoria entre el espíritu occidental y el alma de Oriente.

La síntesis que propuso Bruce Lee fue de claro cuño individualista. Bruce Lee, el gran rebelde individualista de las artes marciales, sacrílego para los maestros de la Tradición, conecta con otros individualistas contemporáneos, como James Dean, Yukio Mishima, Bobby Fischer, Che Guevara o Cassius Clay. Y, naturalmente, con el alma de Fausto, así como con Giordano Bruno y con Nietzsche. Pues existía algo profundamente occidental en Bruce Lee: su concepción agonística de la vida, su intento de maximización paroxística de las energías cósmicas -representado en el estilo de lucha que inventó: el "jeet kune do"-, su carácter heroico, su talante adolescente e individualista. Ahora bien: igual que sucede con Occidente, ese individualismo exacerbado terminó desembocando en una fascinación narcisista por Thanatos, la diosa moderna de la muerte. Las muertes tempranas de James Dean, Mishima, Guevara y Bruce Lee no son simples coincidencias: representan la consecuencia de un individualismo que alcanza su clímax en una muerte donde el sujeto se funde consigo mismo.

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viernes, 18 de mayo de 2007

OCCIDENTE Y LA IDEA DE FIN DEL MUNDO

En principio, la tradicional idea de fin del mundo es ajena a la mentalidad posmoderna, para la que el tiempo es una realidad horizontal que discurre de una manera ininterrumpida, uniforme e inexorable, sin que pueda existir ningún tipo de final abrupto de ese devenir cronológico. En realidad, se rechaza la idea escatológica de fin del mundo por razones muy similares a las que llevan a reprimir la idea de la muerte personal. La posmodernidad ideológica dominante, basada en los principios del inmanentismo, el empirismo y el hedonismo, no quiere asomarse a ningún tipo de abismos: ni teológicos, ni antropológicos, ni de ninguna otra clase.

Y, sin embargo, la noción de fin del mundo sigue vigente en el inconsciente colectivo del Occidente contemporáneo. Habiendo construido una civilización materialista y vacía, Occidente se siente irresistiblemente atraído por la idea de un final catastrófico que fuerce una gran metamorfosis espiritual del mundo. Manifestaciones de este "deseo inconsciente de fin del mundo" son: el horizonte del holocausto nuclear durante la Guerra Fría; Mayo del 68, con la promesa de descubrirnos la playa bajo los adoquines de París; la propia caída del Muro de Berlín, vivida por muchos como un acontecimiento escatológico; la Guerra del Golfo, ensayo de un posible enfrentamiento futuro a gran escala entre Occidente y el Islam; las célebres profecías de Nostradamus; el cine apocalíptico de Hollywood ("Deep Impact", "Armageddón"); el efecto 2000, que amenazó con un supuesto caos informático que nunca se produjo; los atentados del 11 de septiembre en Nueva York; y, en fin, la amenaza del asteroide Apophis para 2036, que, al chocar contra la Tierra, podría provocar un cataclismo de devastadoras consecuencias.

De modo que la posmodernidad oficial desdeña irónicamente, como un objeto cultural inofensivo, la idea de fin del mundo, pero la posmodernidad sociológica -sensible a las ensoñaciones y deseos del inconsciente colectivo occidental- se siente enormemente atraída por tal idea. Y ello por un motivo muy sencillo: en la dicotomía entre Eros y Thanatos que nos describió Freud, es evidente que el Occidente actual, consciente de su propio vacío y de su nihilismo, se siente más atraído por el Thanatos de su autodestrucción que por un Eros constructivo que sólo serviría para seguir apuntalando una cultura y una forma de vivir que amenazan ruina. De este modo, Occidente se habría adherido, finalmente, a las pesimistas tesis de Spengler: que la civilización occidental ha llegado a su ocaso y se aproxima a su momento final.

Un tema éste que, sin duda, da materia suficiente para largas y muy distintas reflexiones. Pero aquí vamos a apuntar sólo una, que nos parece esencial: ninguna simple catástrofe exterior provocará el final de nuestro mundo. Si queremos que este mundo termine, sólo existe un camino efectivo: la metamorfosis operada desde dentro. Una "metanoia", un cambio de valores, una revolución cultural que empiece en lo más íntimo de nosotros mismos, en el ritmo y dirección de nuestros pensamientos, en nuestros hábitos perceptivos y en todas las dimensiones de nuestra vida. Un cambio, por cierto, para el que ni Nietzsche ni los profetas de la Era de Acuario pueden darnos la clave. Porque la clave para esta revolución sólo puede estar en el Domingo de Pascua, en el Octavo Día de la Creación, en Cristo Resucitado y en la luz indescriptible de un universo transfigurado. Un Universo en el que, entre otras cosas, ya no nos seducirá la idea de fin del mundo, porque nos sentiremos envueltos en la atmósfera de un mundo lleno de una alegría que ya no tiene fin.

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