Resulta paradójico que Nietzsche, gran padre del ateísmo moderno, fundamentara todo su pensamiento sobre un radical error teológico acerca de lo que en realidad es el cristianismo. Para Nietzsche, el cristianismo es, como se sabe, "platonismo para el pueblo" y, por lo tanto, implica la misma desvalorización del mundo que existe en la filosofía dualista de Platón: en éste, el mundo visible constituye un pobre reflejo del mundo de las Ideas, y el filósofo debe transcender este mundo para acceder a la visión intelectual superior y conocer la verdadera realidad. Del mismo modo -según Nietzsche-, el cristianismo supone una condena del mundo creado, pues el mundo, supuestamente, nos aleja de Dios. En definitiva, el cristiano, para amar a Dios, se ve obligado a despreciar el mundo.
Toda la teoría de Nietzsche sobre la religión descansa sobre esta idea. Y, desde luego, si el cristianismo realmente dijera lo que Nietzsche cree que dice, habría que hacerse nietzscheano: un cristianismo que obligara a despreciar el mundo, a mirarlo con el desagrado de quien considera que el universo material es un lamentable error, no merecería la adhesión de nuestra alma. Pero es que, por supuesto, el cristianismo no dice eso: bien entendida, la filosofía cristiana no establece ninguna incompatibilidad entre el amor al mundo y el amor a Dios. Para Nietzsche, cuanto más se ama a Dios, menos se ama y más se condena al mundo. Pero Cristo ha establecido la ley universal del amor, que no conoce excepciones: hay que amar a Dios, pero también al mundo. Y no existe confrontación alguna entre ambos: cuanto más se ama a Dios, más se ama al mundo; y, cuanto más se ama al mundo, más se ama a Dios. Ambos amores se refuerzan recíprocamente. San Francisco de Asís, el santo de la comunión mística con el universo y del amor infinitamente delicado a todas sus criaturas, siempre lo entendió muy bien: amar al "hermano Sol" y a la "hermana Luna", a la "hermana agua" y a la "hermana noche", no comporta ningún alejamiento de Dios, sino todo lo contrario.
Y todo esto es justamente lo que Nietzsche, que fundamentó su filosofía en una visión errónea del cristianismo, nunca entendió. Nietzsche no tenía que haber lanzado sus ataques contra el cristianismo, sino más bien contra la gnosis, que sí supone claramente un rechazo total al mundo de la materia, supuesto obstáculo para que el alma del "hombre pneumático" -del gnóstico aristocrático y gélidamente intelectual- retorne al Pleroma, el mundo inmaterial que considera su verdadera patria. O bien contra las filosofías de Oriente, para las que el mundo material se identifica con el velo de Maya, con la apariencia ilusoria que hemos de transcender y abandonar para acceder finalmente al Absoluto. La gnosis y Oriente nos obligan a elegir entre Dios y el mundo. Pero el cristianismo no lo hace: pues el amor a Dios y el amor al mundo no se excluyen. Lo que sí rechaza el cristianismo es el amor excluyente: un amor a Dios que implique despreciar el mundo no es propiamente cristiano (puede despreciarse el mundo entendido como fuente de seducciones, pero no el mundo en cuanto que mundo mismo). Y, claro, tampoco es cristiano un amor idolátrico al mundo que implique negar el amor a Dios.
Pero Nietzsche prefirió no entrar en estas matizaciones, que al parecer consideró superfluas e innecesarias. Como tantos otros, optó por quedarse en una visión simplificadora y falseada del cristianismo para poder atacarlo con mayor facilidad. Ayer como hoy, la pereza del pensamiento, propia de los malos filósofos, conduce a no querer ver la realidad tal como ésta es -por ejemplo, la realidad del cristianismo-, sino como uno, arrastrado por sus prejuicios, la quería ver de antemano.
sábado, 12 de mayo de 2007
EL GRAN ERROR TEOLÓGICO DE NIETZSCHE
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Antonio Martínez Belchí
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miércoles, 28 de febrero de 2007
EL JUICIO DE DIOS SOBRE RENÉ GUÉNON

Lejos de mi intención sustituir el juicio de Dios acerca de nadie, y tampoco de René Guénon: Dios, que mira el interior más profundo del corazón, es el único que puede juzgar el valor espiritual de la vida de cada hombre. Nosotros, sujetos a la inevitable limitación y falibilidad de nuestros juicios, sólo podemos hacer conjeturas y especulaciones.
Vayamos, pues, con una de tales conjeturas. Como es de sobra conocido, el francés René Guénon es una de las grandes figuras del esoterismo del siglo XX. Hombre cultísimo, gnóstico, teórico del hermetismo, gran conocedor del simbolismo universal, converso al Islam y amante de la mística sufí, la figura de René Guénon puede considerarse como un auténtico clásico del siglo XX. Educado en una familia burguesa y conservadora dentro de la tradición católica de la Francia de principios del siglo XX, Guénon emigró desde muy joven a la tradición esotérica universal, centrándose en la metafísica hinduista y en el esoterismo islámico. En cuanto a su relación con la Iglesia Católica, su evolución puede sintetizarse como una paso desde el respeto apreciativo de su juventud hacia un creciente distanciamiento, paralelo a su creciente inmersión en el universo espiritual islámico.
Y aquí está el problema: ¿Puede estar "justificado" espiritualmente un alejamiento de la fe de Cristo? En principio, habría que responder que de ningún modo: Cristo es el camino, la verdad y la vida. Cristo, el centro de la Historia, la irrupción de Dios mismo en el interior del tiempo y del mundo, es el "agua viva": la única agua que calma la sed más profunda del hombre. Por lo tanto, cualquier apostasía ha de ser considerada con enorme pesar, porque el apóstata, con su determinación, es el primero que se está haciendo daño a sí mismo, al preferir una imagen menos hermosa y menos profunda de Dios. El corazón de quien deserta de Cristo es la primera víctima de esta decisión.
Podemos suponer, con bastantes visos de acertar, que el corazón del Guénon niño se encontró con el amor de Cristo. Pero la cabeza, sumamente intelectual, del Guénon adulto consideró metafísica y simbólicamente insatisfactoria la tradición cristiana. Guénon buscaba esoterismo, hermetismo, gnosis, en cierto modo "sacralidad", frente a cierta desacralización, anquilosamiento y deterioro del universo simbólico que con justicia se puede reprochar a ciertos ambientes católicos del siglo XX. Este lamentable deterioro fue con seguridad lo que impulsó a Guénon a la aventura de adentrarse en otras tradiciones espirituales, hasta terminar sus días muriendo en El Cairo, en 1951, como fiel devoto musulmán: ya no como "René Guénon", sino con su nuevo nombre musulmán, Abdel Wahed Yahia, "Servidor del Único".
En la medida en que la apostasía de Guénon no significara, dentro de su corazón, un alejamiento efectivo, voluntario y totalmente consciente de Cristo, sino un rechazo de lo que percibía como desacralización y pérdida de la Tradición en el ambiente católico que él vivió, en esa medida -decimos- su apartamiento de la Iglesia Católica estaría "justificado". Ahora bien: sólo Dios sabe en qué medida exacta es esto lo que sucedió, o tal vez más bien otra cosa. En cualquier caso, nosotros deseamos, lógicamente, que, aunque la cabeza de Guénon rechazara cierta presentación simbólicamente empobrecida del universo cristiano, su corazón conservase, quizá de manera inconsciente, el encuentro con Cristo que podemos suponer que se produjo durante su infancia. Lo deseamos, e incluso nos inclinamos a pensar que fue así.
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Antonio Martínez Belchí
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jueves, 15 de febrero de 2007
LA METAMORFOSIS DE HERMANN HESSE

Existen individuos paradigmáticos cuya biografía y evolución personal resumen el destino de toda una civilización. Así sucede, sin duda, con Hermann Hesse, que, en "Demian", nos muestra, con acierto insuperable, la subjetividad moderna entregada al individualismo nietzscheano que elige como divinidad a Abraxas, el dios gnóstico del Bien y del Mal. Abraxas es la imagen especular del propio individuo moderno, que se considera a sí mismo como criterio moral absoluto "más allá del bien y del mal"
Demian-Abraxas produjo históricamente el nazismo y constituye, también hoy en día, el arquetipo del individuo autodivinizado y absolutizado. Simboliza la subjetividad moderna llevada a su máxima expresión. Y Occidente es también el reino de la subjetividad, incapaz de reconocer la existencia de un orden ontológico objetivo más allá de tal subjetividad y por encíma de ella. En este sentido, Hermann Hesse podría considerarse el arquetipo del hombre moderno identificado con un Narciso metafísico.
Sin embargo, y paradójicamnte, la evolución personal de Hermann Hesse le llevó, años después de publicar "Demian", a lo que podríamos calificar como las antípodas de la subjetividad demiánica: el ideal personal y cultural expresado en "El juego de los abalorios". Allí, el modelo ya no es el individuo enamorado de sus laberintos interiores, sino el hombre que acepta insertarse en la jerarquía general del ser y de las ciencias. El hombre que renuncia a todo atisbo de extravagancia individualista y sólo busca el perfecto cumplimiento de una función dentro de una sociedad jerárquica presidida por los más altos valores del espíritu. En definitiva, Hermann Hesse, nietzscheano en su juventud, termina proponiéndonos el gran ideal de la Edad Media. No en vano, en las primeras páginas de la novela se menciona, como uno de los modelos espirituales del Juego, al propio Santo Tomás de Aquino.
Un largo viaje, pues, de la subjetividad a la tradición y a la objetividad. Aunque, en realidad, Hesse, espíritu artístico y contemplativo, siempre había admirado a los benedictinos. El Occidente contemporáneo está llamado a emprender el mismo peregrinaje: de la subjetividad hipertrófica a una objetividad del ser y del saber que ha de ser la gran matriz estructurante de la civilización europea del futuro.
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domingo, 4 de febrero de 2007
LA CORNUCOPIA Y EL MATERIALISMO DE OCCIDENTE

La cornucopia o cuerno de la abundancia constituye una alegoría muy conocida dentro de la iconografía simbólica occidental. Como se sabe, es un cuerno que las náyades de la mitología griega llenaron de flores, hojas y frutos. Y se relaciona, como es evidente, con las nociones de riqueza, prosperidad, buenos augurios, etc.
Innumerables obras pictóricas han recogido, entre sus motivos alegóricos, el cuerno de la abundancia. Y podría parecer que se limita a ser eso: una alegoría de significado bastante transparente y desprovista de cualquier ulterior y más arcana transcendencia. Sin embargo, todo símbolo posee varios niveles de interpretación. Y, buceando en el sentido más profundo de la cornucopia, es posible encontrar una concepción metafísica de su sentido que la relaciona con la idiosincrasia de la civilización occidental de nuestros días.
En efecto. La cornucopia hace referencia a un mundo fértil, fecundo, abundante, exuberante, frondoso. Ese desbordamiento de plenitud material (en principio, mera referencia al Falstaff jupiteriano y pantagruélico) constituye el signo y resultado de un mundo "feliz", de la realidad como despliegue ontológico de todas las potencialidades latentes en el ser de las cosas. Tales potencialidades serían actualizadas por una sabiduría fecundante que las hace dar el máximo fruto. El mundo se convierte entonces en una gran fiesta del ser; en un mediodía radiante donde la exuberancia material es la señal de una previa bendición espiritual que hace fértiles todas las cosas.
No hace falta explicar que el Occidente actual puede definirse como la civilización del materialismo. Nunca antes ninguna otra época había producido tal cantidad y variedad de cosas y productos. Pareceríamos, así, haber convertido en una realidad palpable el símbolo del cuerno de la abundancia. Y, sin embargo, paradójicamente vivimos hoy en un mundo de terrible esterilidad. Tenemos cosas, pero éstas nos esclavizan. No sabemos utilizarlas de un modo realmente creativo. Estamos perdidos en el laberinto del materialismo y no podemos salir de él.
¿Qué actitud adoptar ante esta situación? Claramente, ni el hedonismo que se hunde en un goce ciego de los bienes materiales, ni en la gnosis ascética que condena el ser material del mundo, con su variedad infinita, como productos del Mal Absoluto. La sabiduría cristiana no obliga a elegir entre dos bienes: el ascetismo espiritual que renuncia a las cosas y el sano goce de los bienes que produce el mundo. Ambos pueden compaginarse. Saturno y Júpiter pueden convertirse en aliados. Por un lado, el peregrino que ayuna y hace continuamente oración, de camino a su santuario; por otro lado, el hombre que participa en el mundo como en una fiesta preparada por Dios donde corre el vino y nunca decae la alegría. Una fiesta que es, además, un preludio de la realidad escatológica definitiva: la fiesta eterna del Reino de Dios, donde Dios será "todo en todos" respetando, sin embargo, nuestra individualidad.
Nietzsche despreciaba el mundo burgués del "último hombre", ahíto de cosas, pero ciego para la belleza de las estrellas. Proponía, para sustituirlo, un superhombre mitad león que se autoafirma, mitad niño que baila y juega con el mundo mientras contempla su eterno giro en torno al eje de los siglos. Nosotros, por nuestra parte, sabemos que Nietzsche no es la solución para hacer surgir en el mundo esa fecundidad simbolizada por la cornucopia. Porque la materia sólo puede ser fecundada por el espíritu. Y porque las cosas materiales sólo dejan de ser una trampa cuando son puestas al servicio de una continua creación de cauces para que las energías humanas se desplieguen cada vez más plenamente hacia el Bien, la Belleza y la Verdad.
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Antonio Martínez Belchí
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