Una de las frases más célebres de Immanuel Kant es aquella en la cual el ilustre filósofo de Königsberg decía: "Dos cosas hay que llenan mi ánimo de admiración: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí". Ahora bien: precisamente ahí, en el cielo estrellado y en la ley moral, tiene la filosofía perenne -esa gran olvidada unas veces y vilipendiada otras- la base para dos de sus más clásicos argumentos en favor de la existencia de Dios. En efecto: el cielo estrellado simboliza el orden del universo, que filosóficamente conduce a la existencia de una Inteligencia Ordenadora -recordemos la quinta vía de Tomás de Aquino-, su majestuosidad infinita nos hace pensar en el mundo supralunar de Aristóteles (mundo espiritual por encima de la corruptibilidad y mutabilidad del mundo terrestre), y su giro en torno a la Estrella Polar nos remite a la idea del Centro del Mundo y del Primer Motor Inmóvil. Por su parte, la ley moral -que la conciencia descubre, pero no crea- sólo puede ser explicada, en último término, como producto de un orden moral objetivo y transcendente al sujeto humano: un orden moral creado por Dios, o que, al menos, apunta hacia el horizonte de Dios.
Si hubiera sido coherente con sus propias tesis filosóficas, Kant no habría debido confesar admiración alguna ni por el cielo estrellado ni por la ley moral: el cielo estrellado no sería más que parte del universo fenoménico insertado en las coordenadas del espacio y el tiempo, límite -según Kant- de lo que la mente humana puede conocer. Y, en cuanto a los fundamentos remotos de la ley moral, hay que decir que pertenecen, igual que el hipotético "yo" o alma, al ámbito del noúmeno, incognoscible para el hombre. De modo que, en la filosofía kantiana, tampoco hay razón para admirarse de esa ley que siento en mí, pero cuyo origen y significado mi mente, encerrada en la cárcel cósmica de los fenómenos, es incapaz de desentrañar.
Por supuesto, lo que sucede es que Kant negó a priori, por razones emocionales y psico-históricas, la posibilidad de la metafísica, y luego elaboró, a posteriori, un sistema filosófico ad hoc que utilizó como apoyatura argumental para aquello que él ya había negado de entrada. Pero, en realidad, lo que rechazó fue la metafísica abstracta, anquilosada y racionalista que se practicaba en su época, y no toda forma de metafísica. De modo que, cuando decía admirar el cielo estrellado y la ley moral, estaba admitiendo implícitamente la metafísica y contradiciéndose a sí mismo. Lo cual nos demuestra una vez más que, con frecuencia, los filósofos piensan mejor cuando lo hacen como simples hombres que cuando se ponen oficialmente a filosofar.
viernes, 18 de mayo de 2007
LA INCOHERENCIA METAFÍSICA DE KANT
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Antonio Martínez Belchí
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Etiquetas: argumentos sobre la existencia de Dios, cielo estrellado, filosofía, Kant, ley moral, metafísica, Santo Tomás de Aquino
viernes, 4 de mayo de 2007
OCCIDENTE Y LOS PEREGRINOS DE PETRA

Petra, ciudad nabatea. La ciudad del desierto jordano, entre el Mar Muerto y el Golfo de Aqaba, construida por los nabateos en el siglo III a. C., paso obligado para las caravanas que partían de Damasco y el Golfo Pérsico. Tras siglos de prosperidad, cayó en el olvido hasta ser redescubierta en 1812 por el explorador suizo Johann Burckhardt. Y hoy, a principios del siglo XXI, uno de los grandes iconos del imaginario occidental, de modo similar a Stonehenge o las líneas de Nazca.
Pero, ¿por qué fascina Petra? Sobre todo, porque simboliza la inmersión en la intemporalidad del desierto. El silencio, la soledad, la experiencia metafísica ligada a las grandes rocas como hierofanías. Los macizos rocosos de Petra, la ciudad escondida en el desierto, nos ponen en contacto con el universo de la transcendencia y de lo sagrado. El contacto con Petra supone una auténtica experiencia de orden espiritual. Un silencio que atraviesa el espesor de los siglos, el desierto circundante como lugar de encuentro con Dios.
Miles de turistas visitan cada año las ruinas de Petra y quedan sobrecogidos por su grandeza. Las imágenes de Petra están hoy ampliamente difundidas: nuestro universo icónico, el supermercado contemporáneo de las imágenes planetarias, ha fagocitado la imagen de Petra, como la de Stonehenge o las de los monasterios griegos de los Montes Meteoros. Y nos volvemos insensibles ante su profundo significado: porque Petra marca el rumbo al que debe dirigirse hoy la cultura occidental: el retorno al silencio del desierto, el redescubrimiento de la objetividad ontológica representado por las grandes rocas, como las de Petra o las del macizo plutónico de Montserrat. Jack Kerouac, símbolo del nómada existencialista contemporáneo, emprendió su peregrinación hacia el Oeste americano, hacia la soledad de las Montañas Rocosas, hacia San Francisco y el Pacífico como nuevo Finisterre, como frontera metafísica del mundo. Pero el destino de Kerouac está en Petra. En los parajes agrestes y pedregosos donde lucharon contra sus demonios los Padres del Desierto. En el cielo infinito bajo el que vivieron los beduinos y se tejieron las innumerables leyendas de Oriente. Petra es nuestro pasado y nuestro futuro. Nuestro futuro, porque el subjetivismo relativista posmoderno sólo puede regenerarse reinsertándose en la objetividad ontológica del ser: no tanto en el Urwald, en el bosque germánico primordial de Heidegger, como en las rocas silenciosas del desierto de Petra. Petra como lugar de reencuentro con el Dios que convirtió en peregrino al viejo Abraham.
También Occidente tiene que convertirse en peregrino y ponerse en camino hacia Petra, puerta de entrada para una peregrinación infinita hacia los confines del mundo. Que así sea.
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Antonio Martínez Belchí
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Etiquetas: Abraham, ciudad secreta, desierto, Kerouac, metafísica, nabateos, Nazca, Padres del Desierto, Petra, posmodernidad
martes, 17 de abril de 2007
EL MONO DE BORGES Y LA LITERATURA

Jorge Luis Borges, urdidor inacabable de metáforas y paradojas, imaginó un mono sentado enfrente de una máquina de escribir y con un tiempo infinito a su disposición, aporreando sin descanso un teclado cuya utilidad le resulta absolutamente indescifrable. Sin embargo, dispone de toda la eternidad para golpear las teclas de la máquina. Y aquí viene la afirmación desconcertante de Borges: que ese mono, desprovisto de inteligencia, terminaría por ser autor de todos los libros del mundo. Entre las infinitas combinaciones de letras posibles, daría casualmente también con combinaciones dotadas de sentido: palabras que él encadenaría al azar, pero que acabarían convirtiéndose en auténtica literatura.
Por supuesto, Borges no hablaba del todo en serio al proponernos esta posibilidad. Pero tampoco del todo en broma. Se apoya en la siguiente idea filosófica: en un universo compuesto por un número grandísimo, pero finito, de elementos, un tiempo infinito -circular, como es el tiempo borgiano- forzosamente debe desembocar en la realización de todas las combinaciones posibles entre tales elementos. Por lo tanto, el mono escribirá muchísímas páginas sin sentido, pero también -accidentalmente, mecánicamente- otras con sentido. Al fin y al cabo, la inteligencia sólo consistiría en barajar y volver a barajar un número finito de cartas: al final, nos saldrían todas las jugadas imaginables, incluyendo las aparentemente más imposibles. Como el mono de Borges escribiendo "El Quijote".
Subyace aquí una concepción muy pesimista de la inteligencia humana y, en el fondo, del hombre mismo. La inteligencia sería un mecanismo combinatorio que funciona mediante el método de ensayo y error. No hay en ella ningún misterio por encima de las leyes mecánicas de la materia y la combinatoria. En el fondo, Borges era un partidario del materialismo filosófico, del atomismo de Lucrecio, con la materia girando en un universo finito -una cárcel- durante un tiempo circular y, por lo tanto, cíclico y repetitivo. Borges gustaba de la idea nietzscheana -y antes estoica- del eterno retorno. También de aquel demonio de Laplace que podría abarcar con su inteligencia monstruosa todo el pasado y el futuro del mundo: en un universo únicamente compuesto de átomos y movimiento, sin misterio sobrenatural alguno, una cosa así sería posible. Como también que un mono escribiera, casualmente, una obra digna del Premio Nobel.
Suele considerarse a Borges un autor que nos abre insospechadas perspectivas hacia un horizonte metafísico lleno de misterio. Lo que no se advierte es que, si extraemos con coherencia las consecuencias que se desprenden de su filosofía, no existe ningún verdadero misterio en un mundo regido por las leyes deterministas de la materia. Y es que Borges, un escéptico declarado en cuestiones metafísicas, no podía admitir ningún misterio genuino: sólo crear paradojas sugerentes de las que, por principio, está desterrado todo posible viento del Espíritu.
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Antonio Martínez Belchí
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